De zona pesquera a lugar de veraneo y de industria
La legendaria aviadora neozelandesa Jean Batten residió y murió anónimamente en Portopí De aquel Portopí idílico que también conoció el Arxiduc Lluís Salvador -pues en su rada tuvieron su anclaje sus yates, el Nixe I y el Nixe II-, en donde dominaban una serie de torres de familias palmesanas veraneantes, apenas queda nada. También desapareció la factoría de abonos químicos de los hermanos Ripoll y La Pedrea, lugar de juegos de la chiquillería. De la época en que Antoni Maura presidió el Consejo de Ministros, quedó la factoría de Petróleos de Portopí, que tras reconvertirse en Campsa, pasó a denominarse CLH. Varios de sus depósitos desaparecieron, para mayor seguridad de la Familia Real, inquilina vacacional de Marivent. Complejo al que se unieron Son Vent y Son Ventet. Las antiguas crónicas del reino de Mallorca no ignoran los inicios romanos de Portopí, como rada de refugio. La defensa de su cala se encomendó a una serie de torres, que en el siglo XIV eran cuatro. Actualmente queda la situada en la Estación Naval de Portopí y otra más reducida, junto a Ses Rafaeletes. Esta última salvada hace unos años de la ruina, por puro milagro. Los armoniosos y bellos chalés de veraneo que dominaron la zona entre finales del siglo XIX hasta hace unos cuarenta años, quedaron en cuadro. Unos cuantos, debido a la Guerra Civil, fueron confiscados por la Marina de Guerra. Otros desaparecieron para dar paso a edificios de muchas alturas, convertidos actualmente en colmenas de apartamentos. En una de aquellas torres coquetonas, situadas muy cerca del mar, estaba Can Darder, que acogió la primera sede del Laboratorio Oceanográfico, que fundó Odón de Buey. Hasta que veraneantes y, posteriormente factorías químicas
y petrolíferas, se instalasen en Portopí, los pescadores
y algún que otro contrabandista fueron los reyes del lugar, durante
bastantes generaciones. Siempre a la sombra del castillo de San Carlos,
una de las mejores fortalezas militares portuarias del Mediterráneo.
Sus murallas y protección artillera, durante 350 años, fueron
un seguro para Palma y su población. Gracias al castillo de San
Carlos, hoy importante museo militar, fallaron varias invasiones turcas,
británicas, francesas y republicanas.
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